Estudios Bíblicos

Renovación y Compromiso en los Evangelios/Hechos
Por Néstor Míguez

“Es que la vida con Jesús es siempre sorpresa, siempre lo inesperado, siempre renovada”. Quien lo dice es ni más ni menos que Simón Pedro, el pescador de Cafernaún. Pedro aclara: “Y digo es, y no fue porque él sigue estando y nos sigue sorprendiendo, nos sigue poniendo frente a inesperadas decisiones, nos sigue convocando a las misiones más insospechadas”. Si lo sabrá Pedro, que de humilde pescador de un lago de segundo orden se ha transformado en poderoso predicador de multitudes venidas de tantos lados (Hch 2), vehículo de curaciones sorprendentes (Hch 3), obligado a cruzar la frontera política, cultural y étnica para anunciar a su Mesías, nuestro Cristo, ante el hostil Concilio de Jerusalén (Hch 5) y aún ante un centurión romano (Hch 10) y luego en lejanas tierras.
Aprovechando esa fantástica (alguno dirá fantasiosa) posibilidad que nos da la imaginación literaria, nos trasladamos a la Galilea de los primeros años del movimiento de Jesús para conversar con quien fuera su más cercano seguidor. Pedro es ahora, resucitado y ascendido el Maestro, es uno de los principales referentes. Vivió con Jesús, experimentó el Pentecostés, construyó, junto con otros apóstoles, el primer eslabón de la Iglesia que hoy somos.
“Si alguien busca la tranquilidad que le da la rutina, la seguridad de una vida sin sobresaltos, la buena conciencia del deber cumplido, busque en otro lado. Nada de eso es lo que ofrece Jesús” –continúa, y lo sabe por experiencia. “Desde que me llamó en esa mañana de la pesca sorprendente, nada es lo que era, cualquier esfuerzo resulta insuficiente, nada se ve como se veía; en cambio, todo aparece como posible. A la vez en todo se encuentra consuelo; toda vida se tiñe de esperanza”. No cabe duda de que la cercanía de Jesús le ha pulido el lenguaje (Hch 4:13).
–“Pero... –alguien, una voz venida del hoy, lo interrumpe – el culto, el estudio bíblico, las distintas reuniones y aún las comisiones de la Iglesia, aunque parezcan rutina, son importantes...”. Pedro sonríe: “No crea que no las teníamos, incluso con Jesús. Él iba todos los Sabath a las sinagogas de las aldeas1, nos llevaba al monte para orar, nos enseñaba a interpretar la Ley y los profetas, aún después de su Resurrección (Lc 24: 27), y hasta había una administración, aunque cayó en manos no confiables (Jn 12:6).
Pero aún en eso nos sorprendía, cuando tomaba la palabra en la sinagoga y se apartaba de los comentarios esperados, cuando tocaba al impuro delante de todos, cuando nos enseñó a orar la oración que ustedes oran aún veinte siglos después, cuando descubríamos un nuevo sentido a la antigua Escritura, cuando repartía alimentos a partir de lo muy poco que teníamos. Nada es lo que parece cuando se camina con Jesús. Todo es permanentemente renovado por su presencia. Si se acomodan a lo que ya saben, si quieren afirmarse en la seguridad de lo que se hizo antes, si creen que debemos seguir haciendo lo que ya hacemos, si lo diferente les provoca temor o rechazo, si no sienten que todo es hecho nuevo, si no se abren a lo inesperado, es que se están perdiendo algo importante, lo central, del mensaje del Reino”.
Pedro se entusiasma. Se ha avivado su chispa de predicador, se identifica en su testimonio: “No crean que para nosotros fue fácil. ¡Cuántas veces mis respuestas volvían a lo convencional! ¡Cuántas veces yo mismo le decía a Jesús que se quedara en lo seguro!... Lo pienso ahora y me veo ridículo... Yo aconsejando a Jesús... y él me lo hacía notar, a veces con una sonrisa comprensiva, otras veces con enojo. Recuerdo su frase: ‘no se puede poner la mano en el arado y volver la vista atrás, si uno quiere caminar los caminos del Reino’ (Lc 9:62), si quiere ser su seguidor. Y él es el camino (Jn 14:6) como le dijo a Tomás. El camino por el cual Dios viene a nosotros, a buscarnos, a recuperarnos como hombres y mujeres, para hacernos vivir en vida abundante. Pero la vida abundante nunca es una vida quieta... es camino, es movimiento, es testimonio...”
–“Veinte siglos no han pasado en vano”, le digo a Pedro. “Tu predicación se hizo doctrina, dogma rígido para algunos. La institución se ha comido la alegría del Evangelio, su frescura. Lo repetitivo se ha vuelto regla. Tu misma figura es centro de polémica y divergencias, y hay quienes reclaman ser herederos de tu autoridad para censurar a otros. Ahora somos no ya los perseguidos, como en tus días, sino muchas veces los perseguidores. Cristo se volvió adjetivo, y nos llamamos cristianos. La iglesia como poder ha reemplazado muchas veces a la iglesia como encuentro. Hemos hecho leyes para excluir, hemos creado rangos y privilegios...”
–“Lo sabemos, y nos duele”; el plural lo ponía nuevamente en representante de una comunidad, de la comunidad de Jesús. Se nota que también se habla de esto allá en la eternidad. Pedro sigue: “pero también sabemos de los esfuerzos por llevar la Palabra a otros pueblos, a otras gentes. Como yo fui guiado a hablar con el centurión romano, a Uds. también se les confía la misión de anunciar el Evangelio del Reino. Y lo digo por experiencia: a veces es más fácil encontrar aceptación en el lejano que en el vecino. Le pasó también a Jesús en su aldea de Nazaret (Mc 6:1-6). Pero Jesús nos llamó para anunciar el Evangelio allí donde estamos, lejos o cerca, en Galilea o en Roma, por eso somos testigos...”
Se nota que la palabra testigos le evocó otras cosas. Es que seguramente recordó la palabra en griego, y mártir2 tiene mucha carga. Hizo una pausa, suspiró y siguió. La voz mostraba otra emoción: “También sabemos con cuanto valor y riesgo algunos de entre ustedes, y no pocos, han enfrentado persecución y cárcel, han sufrido opresiones y dictaduras, han sido, como nosotros, testigos hasta la muerte. Eso ha pasado a lo largo de estos veinte siglos y en tu propia iglesia, en tiempos muy recientes. Eso solo lo da la fuerza del Espíritu”.
Pedro hace otra pausa, y retoma mi observación acerca de los pecados de la iglesia, de las iglesias. “Siempre han convivido, dice, aún entre nosotros los doce, la fuerza del Espíritu con la debilidad de nuestra humana carnadura, la certeza y la duda (Mt 28:17). Es que, por más que seamos seguidores del Mesías, no dejamos de vivir la ambigüedad de nuestros temores, de nuestros encierros, de nuestros egoísmos... Ah, si no fuera porque Jesús sigue poniendo su Espíritu en nosotros...”. Ahora intuí que ese nosotros era más amplio, que se extendía por los tiempos hasta hoy.
–“Háblame un poco de la experiencia del Espíritu. Viviste ese momento único del día de Pentecostés. Y nosotros buscamos un poco de ello, de esa renovación del Espíritu. La necesitamos cuando las fuerzas languidecen, cuando nos volvemos demasiado previsibles, cuando nos desorientamos frente a un mundo con tantos reclamos”, le pido.
–“Es que es lo único que los sostendrá. Pero no crean que hay una sola manera en que se manifiesta el soplo del Señor. Al Espíritu tampoco le gusta mucho repetirse, porque sabe que cada situación requiere su propia respuesta. Antes de su crucifixión Jesús nos lo había anunciado: ‘Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber’ (Jn 16:13-14). Y en cada situación, el Espíritu de Jesús nos guía a la verdad que esa situación necesita, y así es que Dios es glorificado”.
– “Pero, ¿cómo discernir esa presencia del Espíritu?, le pregunto. Me contesta como si preguntara lo obvio: “Recuerden las palabras de Jesús: ‘El espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida’ (Jn 6:63).
Donde la vida está amenazada, allí es necesario nuestro testimonio, y donde se defiende y protege la vida que Dios da, allí se manifiesta el Espíritu. Y como dijo un teólogo que vino después, ‘la gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios’3. Luchar para que cada ser humano viva una vida plena, y alcanzar la plenitud en la fe de un Dios vivo, esa es nuestra misión, esa es la renovación que nos da el Espíritu”. Se nota que Pedro ha seguido atento a las evoluciones de la teología aún después de su propio martirio.
–“Es que somos pocos, no siempre tenemos la fuerza necesaria los que buscamos esto”, me defiendo. “Son más los que han hecho del cristianismo una máquina de domesticar, aún de matar o de justificar opresión y muerte que los que afirman la vida”, argumento. Pedro comienza a perder la paciencia (no es raro en él según lo que leemos en los Evangelios)
“Vuelvan a las Escrituras, allí hemos dejado nuestro testimonio” me insiste. Allí encontrarán la palabra para su tiempo, para todo tiempo. Nosotros éramos menos, y más marginales aún. Pero no dejábamos de recordar lo que Jesús nos decía: ‘El reino de los cielos es semejante al grano de mostaza, que un hombre tomó y sembró en su campo; el cual a la verdad es la más pequeña de todas las semillas; pero cuando ha crecido, es la mayor de las hortalizas, y se hace árbol, de tal manera que vienen las aves del cielo y hacen nidos en sus ramas’. Otra parábola nos dijo: ‘El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado’ (Mt 13:31-33). Nunca somos pocos si el Señor está con nosotros, si lo que anunciamos es el Reino, si lo que obramos está guiado por su justicia. Y siempre está, está su presencia, está su amor, está su Reino” Y ya como despidiéndose, como señalando que el tiempo para esta incursión en el tiempo se había extendido demasiado, nos señaló: “No busquen en otros lugares, no imiten a otros, no crean a los que se autodenominan iluminados del Señor. Porque muchos vendrán y dirán que ellos son los legítimos, reclamarán autoridad que no tienen”. Y volvió a citar un texto: ‘he aquí el reino de Dios está entre vosotros’ (Lc. 17:21). Y allí, ya esfumándose su figura, lo dijo: “Es que la vida con Jesús es siempre sorpresa, siempre lo inesperado, siempre renovada”.


Preguntas para la reflexión 

A. ¿Qué actitudes y prácticas debemos dejar atrás como Iglesia, para ser
renovados por el Espíritu?
B. ¿Qué lugar damos a lo nuevo, a lo inesperado, en nuestra vida como iglesia, en
nuestros cultos?
C. ¿Qué lugar tiene en nuestro testimonio al mundo la presencia del reino de Dios
en nuestras vidas?



1 Conviene recordar que en las aldeas de Galilea, en tiempos de Jesús, “la sinagoga” no tenía edificio (con la excepción de Cafernaún, donde había sido donado por un militar romano –Lc 7.5). Era una reunión del pueblo en el Sabat, probablemente en un lugar abierto, presidida por un anciano del pueblo y sin una liturgia demasiado establecida. Se hacían oraciones, se leían textos de las Escrituras, y cualquiera podía comentar.
2 Testigo en griego koiné es “martir”, y el verbo testificar, “martireo”. Originalmente no tenían la
connotación que luego tomó, especialmente a partir del uso cristiano, de un testimonio que lleva ra a la muerte.

3 Ireneo de Lyon, obispo y mártir (siglo II). Tratado contra las herejías, Libro 4, 20,5-7.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
 
Design by Free WordPress Themes | Bloggerized by Lasantha - Premium Blogger Themes | Hot Sonakshi Sinha, Car Price in India